Enfermedades reumáticas

Artritis reumatoide

Una enfermedad autoinmune sistémica en la que actuar durante los primeros meses puede cambiar el daño futuro y la calidad de vida.

Manos y muñecas con aumento de volumen por artritis reumatoide

¿Qué es la artritis reumatoide?

La artritis reumatoide es una enfermedad autoinmune, inflamatoria y sistémica.

Es autoinmune porque el sistema inmunológico, que normalmente nos protege de las infecciones, comienza a reaccionar contra componentes del propio organismo.

Es inflamatoria porque produce inflamación persistente en las articulaciones.

Y es sistémica porque no afecta únicamente las articulaciones. También puede comprometer los ojos, el corazón, los pulmones, los vasos sanguíneos y otros órganos.

La mano es el espejo de la artritis reumatoide

Siempre he dicho que la mano es el espejo de la artritis reumatoide.

La enfermedad afecta de manera característica las articulaciones metacarpofalángicas, las interfalángicas proximales y las muñecas.

Puede observarse aumento difuso de volumen, reducción del espacio entre la segunda y la tercera articulación metacarpofalángica, muñecas engrosadas y pérdida de la definición normal de los tendones.

También puede producir dolor, calor, rigidez matutina prolongada, pérdida de fuerza y dificultad para realizar actividades cotidianas.

Artritis temprana y muy temprana

En reumatología se considera artritis reumatoide temprana la que se encuentra aproximadamente dentro de los primeros dos años de evolución.

Se considera muy temprana cuando tiene menos de seis meses.

Esta diferencia no es solamente una cuestión de nombres. Los primeros meses representan una verdadera ventana de oportunidad para modificar la evolución de la enfermedad.

La citrulinización y la ventana de oportunidad

Durante los primeros meses ocurre un proceso llamado citrulinización. Se forman proteínas citrulinadas y puede consolidarse una respuesta autoinmune que vuelve la enfermedad más agresiva y difícil de revertir.

Antes de que ese proceso se establezca por completo existe una mayor posibilidad de modificar la enfermedad y evitar daño irreversible.

Por eso no conviene esperar a que aparezcan deformidades, erosiones o radiografías claramente alteradas para comenzar a actuar.

Una experiencia que marcó mi práctica

Durante mi residencia participé en la creación de una clínica de artritis reumatoide temprana en el Hospital Calderón Guardia.

Esa experiencia me enseñó de manera directa que la rapidez con que se estudia y trata a una persona puede cambiar su futuro.

Una artritis atendida durante los primeros meses no es la misma enfermedad que una artritis que ha permanecido activa durante años.

¿Cómo se diagnostica la artritis reumatoide?

El diagnóstico combina la historia clínica, la exploración de las articulaciones, la duración y distribución de los síntomas, los marcadores de inflamación, el factor reumatoide, los anticuerpos anti-CCP y, cuando corresponde, los estudios de imágenes.

Un examen positivo puede apoyar la sospecha, pero no establece por sí solo el diagnóstico. De la misma manera, un resultado negativo no excluye automáticamente la enfermedad.

En etapas muy tempranas, los exámenes y las radiografías pueden ser normales. Por eso el juicio clínico y la experiencia son fundamentales.

La rapidez de atención importa

En la consulta privada es posible, en muchos casos, completar los estudios y ajustar el tratamiento con rapidez.

En los sistemas de seguridad social, a pesar del enorme valor que tienen, los tiempos de espera pueden dificultar que una persona sea valorada dentro de esa ventana inicial.

Esta diferencia de tiempo es especialmente importante en una enfermedad en la que los primeros meses pueden determinar cuánto daño será reversible y cuánto no.

Tratamiento y seguimiento

Los analgésicos y los antiinflamatorios pueden aliviar los síntomas, pero no controlan por sí solos la causa inmunológica de la artritis reumatoide.

El tratamiento utiliza medicamentos modificadores de la enfermedad y, cuando son necesarios, medicamentos biológicos o terapias dirigidas.

La elección depende de la actividad, los órganos comprometidos, las demás enfermedades, los tratamientos previos y la respuesta de cada persona.

El objetivo es alcanzar remisión o una actividad baja, preservar la función y evitar el daño irreversible. Para lograrlo se necesita seguimiento y ajustes oportunos.